martes, 19 de junio de 2012

Te recuerdo Ezdward...la calle mojada



Capítulo 17


Hace dos semanas intenté suicidarme con un Aquarius de naranja (no, no es ninguna broma, soy alérgica al colorante E-330), pero en cuanto me empezaron a picar los ojos, y me vi con las manos llenas de ronchas rojas me faltó valor y me fui corriendo al  Centro de Salud de mi barrio. Tuve mucha suerte, porque la Dra. Puerto  estaba de guardia, y no tuve la necesidad de  contarle  a un extraño el modo tan patético que había elegido para acabar con mi vida.  

Después de mi intento de suicidio con el E-330, Puerto me ha subido la dosis de Seroxat y ha añadido al tratamiento medio Orfidal por la mañana, que me deja clavada al suelo,  y medio por la noche, que hace que duerma como una oveja. En vez de balar,  me despierto a las cuatro de la mañana como si fuera una madeja de algodón deshilachada. Doy tres vueltas en la cama, me levanto, bebo agua, me vuelvo a meter en la cama y me pongo a llorar aterrorizada babeando el embozo de la sábana como si tuviera tres años y hubiera visto entrar al tío Camuñas por la ventana. Sinceramente, a día de hoy,  todavía no se quién coño  era el tío ese. Pero en el Raval, en invierno, cuando jugabas en la calle y se acercaban las nueve de la noche, las madres salían de  sus casas coreando a gritos:

“¡Niñas, a casa que está a punto de llegar el tío Camuñas!”.

Y el tío Camuñas debía ser malo, pero muy malo, porque salíamos   corriendo como perdices escopeteadas hacia nuestras guaridas.
  En Barcelona había noches en las que tampoco dormía,  me acordaba de mi madre, y aunque quería mucho a mi tía Regina no terminaba de entender porqué me pasaba tanto tiempo sin ver a mis padres. Pero en aquel tiempo no lloraba, abría los ojos en la oscuridad y esperaba que me llegara de nuevo el sueño mientras oía corretear a las ratas por el techo de vigas de madera de la casa de la tía Regina. A falta del entretenimiento con las ratas (en mi apartamento no hay ratas, no hay vigas de madera), sigo babeando y sin dormir desde las 04:00am horas. Y, si una es bipolar durmiendo ocho horas diarias, sin dormir soy: unipolar perdida.
Ayer, le  mandé un SMS a Ez necesitaba verle. Otra vez tengo el ánimo por los suelos,  hace  días me sorprendí a mi misma pensando en  cortarme las venas y dejarme desangrar encima de la cama. Me horrorizó la escena, lo admito, pero lo que más me horrorizó fue que, después de las venas, vino la lejía, y después la espita del gas, y después… sentí miedo, un miedo atroz  a morirme sin haberme despedido de Ez. Verdad es, que cuando su mucama me largó que Ez  y la rubia con nariz de cerdito tenían conexiones epidérmicas a mis espaldas..., le monte un pollo, mejor dicho le monté una granja avícola a Ez con más gritos que pío, pío. Y no es  que no se lo mereciera, se lo merecía, y mucho. 
Pero si yo  desaparezco de esta vida, me apuesto el cuello de la otra (si la hay) que Ez no levanta cabeza. Por eso,  ayer quedé con Ez en un parque que está muy cerca de su trabajo.  Llegó muy serio, con esa seriedad que se le pone en el entrecejo cuando no quiere que nadie sepa lo que  está pensando. Yo  me senté a su lado, con la misma sonrisa de niña buena que me sale del alma  cuando estoy a punto de traspasar el estado de "sólido a liquido”.
Pero él siguió mirándome con cara de perro. No le había hecho ninguna gracia que lo llamara; cuando yo  he estado ignorando sus llamadas y sus mensajes durante meses. 
Ez estaba mosca, esperaba que le montara un numerito de celos, o que le dijera que mi amor por él era infinito. Pero yo no podía decirle la verdad, y mi verdad era:
  “Déjame estar a tu lado un momento, porque tengo miedo de no verte nunca más”.
Decirle eso, no hubiera sido nada justo, porque si Ez se entera de las malditas ganas de vivir que tengo, se habría puesto  de rodillas y me habría jurado que jamás se alejaría de mí. Y esa sería la mentira más gorda que Ez habría dicho en su vida. 
Porque,  las pocas ganas de vivir que tengo son por todos los años que estuve sin mis padres, por los años que estuve con el insípido, y por las chirucas rotas. Y sí, no voy a negar que sigo enamorada de Ez aunque lo haya echado de mi vida. Pero nadie se merece que lo  amen por puritita pena. 
Así que no le he dicho ni una sola palabra, ni de amor, ni de muerte. Sólo he escuchado sus reproches por no ponerme al teléfono, por no contestarle ni un solo correo; y cuando ha terminado de hablar le he mirado a los ojos y le he dicho adiós. Y mientras Ez se ha quedado sentado en un banco, me he ido alejando de allí andando muy despacito. Y   cuando he llegado a primera esquina de una calle me he  metido en un portal, me he sentado en los escalones de la entrada y, afortunadamente nadie, nadie, ha aparecido en el cuarto de hora que he estado agarrada a mi cabeza para que no me abandonara.
 Cuando he tomado el metro camino de mi casa un hombre sin trabajo, sin nariz, sin pelo, con la cara completamente quemada y con una visera burdeos ha entrado en el vagón pidiendo dinero. Su cara de pesadilla me ha tambaleado de arriba abajo, y he estado a punto de darle el bolso, pero no lo he hecho.

 ¿Por qué lloras Regina? Me he preguntado a mi misma entre dientes cuando abría la puerta de mi casa:

 "¡Es tan triste ver a un corazón muerto!".
  
 



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lunes, 4 de junio de 2012

Paul Newman, ojalá estés en los cielos



Capítulo 16


En mi barrio no hay Corte Inglés, ni siquiera una tienda grande que se le parezca. Lo más parecido a una gran superficie que tenemos  es un almacén chino. Antes de que Hao Lin comprara el local -lo llenara de muñecas, barreños de plástico, apestosos disfraces de goma, y  cientos de cachivaches que no sirven para nada y son altamente tóxicos- , en ese local había unos billares .
 A mí aquellos billares me volvían loca, porque a pesar de tener las paredes desconchadas, y el suelo con más socavones que el empedrado de la calle, una pequeña estela de lujo recorría como un relámpago la superficie pulida y metálica de la barra de Zinc del bar, hasta que se desvanecía en un oscuro reflejo sobre las enormes mesas de madera.             
 
 Aquel sótano olía a humo, a humedad, a cerveza agria, a Agua Brava y a un tabaco de pipa que dejaba impregnado el ambiente con un denso aroma a chocolate que casi no me dejaba respirar. Me gustaba oír el claqueteo de las bolas deslizándose por los tapetes verdes de fieltro. Y cada vez que en alguna mesa se hacía una carambola, el júbilo del ganador y sus seguidores me trasportaban a otro lugar que se parecía mucho a una pantalla de cine llena de gente feliz. Yo iba allí por eso, otros, incluido el insípido jugaban para olvidar su vida y algunos, sencillamente, se  la buscaban.


 Todo el barrio ha pasado por los billares de Paulino el tonto. Qué de tonto no tenía nada, pero este calificativo se lo repetía él mismo cada cinco minutos cuando algún listillo quería ser más listo todavía.
            -Chico, ¿tú te crees que soy tonto?
Esta era la frase que más se le oía repetir a lo largo del día y de la noche. Porque Paulino el tonto se pasaba en los billares desde las once de la mañana que abría hasta las dos de la mañana que cerraba; pero no probaba ni una gota de alcohol, sólo bebía  litros de agua tónica. Mas de una noche ha corrido el bulo por el barrio de que Paulino flotaba y no tocaba el suelo por tanta burbuja que bebía. En mi barrio las leyendas urbanas siempre han estado a la orden del día. Y como salir del barrio requiere un esfuerzo considerable (todavía hasta el día de hoy), porque ni el metro ni el autobús quedan a menos de ochocientos metros de la última casa habitada; la gente camino del metro se imagina las cosas más variopintas. Sin ir más lejos, el fantasma de la niña muerta que se mató en una curva en la carretera de La Coruña se aparece noche sí, y noche también en una calle que hace chaflán con la única avenida que separa el barrio de las vías del tren.  Eso es lo que cuentan la mayoría de mis vecinos, hasta yo misma he creído verla una de las noches que llegaba a casa de madrugada (las panaderas también trasnochamos). Además de las leyendas de muertos y aparecidos, también tenemos  leyendas sobre animales . Si en un Mac Donald’s ¿quién sabe donde?  apareció una rata muerta dentro de una hamburguesa; en el bazar de Hou Lin ha aparecido la misma rata, pero esta vez en el interior de una bolsa de patatas fritas.
Dudo mucho de que las bolsas de patatas fritas que vende Hou Lin traigan como sorpresa  una  rata muerta. Pero estoy  segura de que todos los productos que vende son más inflamables que el keroseno que utiliza  Harry el sucio (1971, Don Siegel) para prenderle fuego a los coches de los malos.
Yo creo que uno de los motivos por los que dejé de fumar, no fue por lo pesado que se puso Ez con la salud y mis pulmones,  sino por la proximidad de mi casa al bazar de Hou Lin.

Para Ez, una de sus películas favoritas es EL buscavidas (1961,Robert Rossen), le pirra el gordo de Minnesota (yo tuve la suerte de verla por primera vez con él), y comprobé que de perdidos y perdedores (guapos y feos) está el mundo lleno,  y aunque trabajen o jueguen al billar: el hombre sigue estando igual de extraviado que el día que Dios le quitó una costilla a Adán para darle una mujer. Y con el permiso de Dios, me atrevo a preguntarme: ¿Será esa puñetera costilla la razón de que las mujeres no entendamos a los hombres?

Y hablando de hombres:
 Ez está que trina con tanta corrupción, tanta crisis. El espíritu del 15 M ha calado hondo  en su corazón, y  ha dejado de coger taxis (Ez no sabe conducir). Ahora se pasa el día pedaleando..., yendo de los pases de prensa a la redacción del periódico  montado en una bicicleta de carreras verde pistacho y con un sombrero, borsalino negro, en la cabeza. Se ha dejado el pelo largo, y se parece mucho al chico de 19 años de cara lánguida que tiene su madre enmarcado en una fotografía encima  de la cómoda isabelina que hay en el cuarto de estar de su casa.

No, yo no lo he visto. No veo a Ez desde que me quemó la pata.
Mi fuente de información no puede ser más fidedigna y cercana: Rascafría, su mucama. Esa mujer, cleptómana de los móviles ajenos, que cumple siempre a rajatabla sin premeditación ni alevosía aquello de:

“Que tu mano derecha, no sepa lo que hace la izquierda”


Newman, Scorsese, Cruise, Clapton... gracias por El color del dinero, 1986.