jueves, 17 de mayo de 2012

Carne de secta



Capítulo 15


A lo largo de mi vida he sido carne de secta en dos ocasiones: una a los pocos meses de romper las chirucas corriendo, y la otra en estos mismísimos momentos.
La carne de secta huele, y no a podrido precisamente, tiene un olor característico entre cordero lechal y cabritillo recién nacido. Los captadores de infelices y desarraigados de la vida tienen la pituitaria entrenada de tal forma que la huelen a km y km como si fueran coyotes en pleno desierto de Arizona (“pido perdón a los coyotes porque ellos solo comen cuando están hambrientos y no se dedican a traficar con los cerebros y los dineros de los pobres de corazón”).
A los pocos meses de que el insípido saliera de nuestras vidas y nos quedáramos solas me entró mi primer bajón depresivo.
Salía a la calle y era como si no la viera, como si el cielo fuera un techo de hojalata azul y las calles la alfombra de un desierto interminable de cemento. Nada de lo que antes me hacía feliz estaba en esa caja metálica. Mi cabeza estaba tan llena de tristeza que dejé de ver a las amigas del barrio, dejé de peinarme, y dejé de ir al colegio de monjas, donde mi madre trabajaba como cocinera, porque ni siquiera era capaz de atarme bien los cordones de los zapatos.
Sor Delfina, la directora del colegio llamó a mi madre a la semana de  no aparecer por clase para preguntarle por todas mis faltas de asistencia. Ni mi madre ni yo fuimos capaces de decirle la verdad a Sor Delfina. Aunque las ojeras que me llegaban hasta las rodillas estuvieran pidiendo a gritos que alguien que no fuera mi madre me preguntara lo que me pasaba. Y con el título de vaga redomada en mi cartera dejé los estudios un  22 de mayo a un mes de acabar 2º de BUP. Regresé a Barcelona, al Raval, y a volví a ver a la tía Regina. Mi madre pensó que estar lejos de Madrid se llevaría mi pena, y yo deseaba con todas mis fuerzas volver a  recuperar algo de ilusión con la propuesta de aquel viaje.
Pero la tía Regina seguía siendo la tía Regina para bien o para mal. Para bien, porque aunque sabía por mi madre lo que me había pasado con el insípido; no me preguntó nunca ni una sola palabra sobre el tema, y para mal, porque a pesar de sus vestidos modernos, sus peinados a la última moda y su apuesto capitán de caballería se había casado con un policía municipal de Hospitalet de LLobregat, que era más serio que una corona de crisantemos blancos. Mi tía pasaba de aquel policía, millas y millas, pasaba de su nuevo papel de casada, y aunque el cine seguía siendo la pasión de su vida ahora había descubierto una nueva afición que la tenía todo el día en la calle: poner cachondos a la mitad de los tenderos del barrio.   
Aunque la tía Regina se esforzaba en alegrarme la vida como podía, la cruda verdad era que sus excursiones de ligoteo la tenían bastante absorbida el sexo, y a los quince días de estar en Barcelona ya me aburría más que una ostra “goda”. Cuando  empezaba a estar más que harta de las idas y venidas de la tiíta, entonces, entró en juego Consolación, una mujer de edad indefinida dulce y amable, vecina de mi tía, que resulto ser una Hannibal Lecter de la Iglesia Apostólica y Romana.
Consolación venía a verme cada tarde, después de la hora del café y se sentaba a mi lado para hablarme de literatura, hasta que de los libros y de las poesías de Machado y Bécquer pasó al espíritu, y poco a poco, hora a hora, tarde a tarde consiguió a base de elogios, de cumplidos rellenos de azúcar glass, que el asco que yo sentía por mí misma fuera desapareciendo.  Hasta que un día me encontré mirando por la mirilla de la puerta de la calle para ver si Consolación subía el tramo de escaleras que separaba su casa de la de la tía Regina.   De la mirilla de la puerta de la tía Regina pasé al tresillo verde de eskay verde oliva de Consolación, donde sentada, me pasaba el tiempo devorando libros y más libros, de aventuras,  de países exóticos, y otros, en su mayoría de vidas de Santos.  Hasta que una tarde en la que estaba leyendo un ejemplar sobre la vida de Santa Rosa de Lima, apareció por la casa de Consolación el padre Tomás, un cura con cara de bonachón, que no se cortó un pelo en darme unas soberanas turras sobre el cielo, el demonio, y las tentaciones a las que todo mortal estábamos sometidos por el hecho de ser hijos de Dios. Y charla va, charla viene me fui convirtiendo en una mojigata que iba a misa a diario, descosía los bajos de las faldas para que le quedaran más largas y llevaba el pelo recogido en un moño bajo. Hasta que un día el cara de vinagre de mi tío, que no se le escapaba ni el volar de una mosca, (para eso era policía municipal de los que iban en moto) encontró un pedrusco en uno de mis zapatos, (el padre Tomás llevaba dos piedras dentro de cada zapato, para no pecar); y tras una larga discusión con la tía Regina, que tenía la cabeza en la cartelera, y no en su casa, decidieron ponerme un billete de tren en la boca y mandarme de ipso-facto a Madrid para que el Padre Tomás, Consolación y la Santa Orden del Opus Dei me dejaran de comer la cabeza.

Hoy, camino de la panadería he querido quedarme sentada en un banco y no levantarme hasta el día del Apocalipsis, porque me siento  como un lagarto de vacaciones en el Ártico. Me muevo  como si llevara un bidón de gasolina encima de la cabeza, pero lleno de arena.  Ramiro (sí, el maestro obrador palabrotero) me  ha tenido que traer un café triple del bar de la esquina, y a los quince minutos de bebérmelo he podido andar unos pasos.
 Cuando estaba a punto de volver en mí, la cafeína me ha jugado una mala pasada y he empezado a ver estrellas por el ojo derecho y luces rojas por el izquierdo; y en pleno trance de ceguera  ha venido a comprar pan,Luisa, una mujer que ya no cumple los setenta y que usa como fondo de armario un container de ropa usada. Esta mañana venía disfrazada de los Angeles Lakers con una camisa trasparente  en amarillo con el número 24 grabado en la espalda; y en vez de botas de baloncesto llevaba puestas unas sandalias naranjas que resaltaban, más si cabe, la piel color leche de camella de sus piernas. Y ante tal visión por fin han brotado las palabras de mi boca y he murmurado entre sollozos:
    ¿Padre Tomás, le sobra algún pedrusco?




  



     



miércoles, 2 de mayo de 2012

Los Cadáveres del Pasado


Capítulo 14


Menos mal que pasó la Navidad. Desde que Dios dijo a Adán: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”, la gente sigue estas palabras al pie de la letra, sin rechistar, pero al revés: come pan,  trabaja si no está en el paro y luego suda como una cebolla al vapor. 
Yo, estas navidades he sudado la gota gorda.  He trabajado como una mula. No sé que pasaría  si a Ricardo, el maestro obrador, que es igualito que el abuelo de Heidi, en lo físico y en lo psíquico, pues no he visto tío más huraño, y palabrotero en mi vida, y mira que en mi barrio otra cosa no, pero los tacos son tan tradicionales como el marchamo del chorizo Revilla. Bueno, pues Ricardo empalma un cago en Dios con la madre que parió a Judas, y a continuación se mete el Copón de consagrar por donde le quepa y se queda tan ancho. Si alguna de las beatas (en mi barrio también existen) que pululan diariamente por la panadería supieran las maldiciones que se llevan encerradas en la barrita de pan sin sal, les daría una posesión diabólica en cuanto se metieran el primer bocado en la boca. Menos mal que los improperios de Ricardo sólo toman su punto álgido mientras está amasando: Echa la harina, el agua y empieza a pegar unos manotazos en la mesa de amasar hasta que consigue un mazacote de diez kilos que maneja como si fuera una boa constrictor. Y a las seis de la madrugada no le digas nada, porque se pasa insultando a la boa el tiempo que dura el amase. Y como te pongas delante de él un segundito, te llama peripatética, pero a lo bruto. Porque Ricardo con las compañeras es todo corazón, y salvo la hora que está amasando es una malva; adora la zarzuela y a Alfredo Kraus, pero cuando amasa le sale la mierda que debe tener acumulada desde el día que lo parió su madre. Yo estoy convencida de que este hombre es un calzonazos y en su casa no le dejan decir ni miércoles.
 Pero a lo que iba,  si un día Ricardo se quedara mudo y no lograra sacar ni un solo exabrupto de su garganta, y no pudiera pegarse con la harina, estoy segurísima que ese día no amasaba ni un gramo de pan. Y si del horno no sale ni una sola barra, ¿Qué sería de la panadería y de mí?. Estoy segura de que varias personas morirían a la puerta pisoteadas por tantas otras al grito de: “una pistola, una pistola”. Y a falta de pan, a Ricardo le linchaban fijo, y a mí me comerían a pedazos como si fuera el sucedáneo de una hogaza de pan candeal. Esta es una de las pesadillas más recurrentes que tengo; y si un peluquero mental de los de diván a 100 euros la hora me cogiera por su cuenta me metía al señor Freud por el tímpano unos cuantos años.  Dejando traumas aparte, lo que no se puede negar es que como el día de Navidad  es el único día que se cierra la panadería, son inimaginables los nervios y los temblores que este hecho desata entre mis  feligresas de la harina. Es verdad, la gente durante  la Navidad se vuelve loca.
 Al insípido le mató la cornisa de un balcón  el día de Nochebuena, y sí, es cierto que padre lo que se dice padre no lo fue nunca y el episodio de las chirucas le borró de la vida de mi madre y de la mía para siempre; pero la realidad es siempre otra. Y cuando la realidad se despierta, le importa un rábano lo que tú hayas decidido hacer con tu vida.
Por eso un 24 de diciembre, mi madre y yo tuvimos que ir al Anatómico Forense a reconocer el cadáver de el insípido. Y verle allí, metido en una caja de metal, fue un trago la mar de espeluznante, espeluznante y jodido. No, porque tuviera la cabeza abierta y la cara morada como el cucurucho de un nazareno, sino porque en ese momento la memoria me jugó una de las suyas, y me vinieron en  flash back (así lo hubiera dicho el mismísimo Ez) todos los momentos felices  que había pasado con aquel hombre enjuto y larguirucho, que aunque no eran muchos llegaron en tropel, y que hicieron que mi madre y yo nos pusiéramos a llorar como dos Marías  Magdalenas.
 Y de aquel lugar lleno de muertos mutilados al día siguiente, pasamos al cementerio de San Isidro; y enterramos al insípido como si hubiera sido un buen marido, un buen padre y un buen hombre. Seguramente es lo mejor que se puede hacer para olvidar a los hijos de puta, enterrarles en paz; de esa forma los recuerdos se quedan para siempre en su tumba.
Así que empezando por esa Nochebuena, las que  siguieron por una cosa o por otra tampoco fueron mucho mejores. Y esta del año 2011, sin Ez, ha sido morrocotuda. No porque la maldita memoria me haya vuelto a hacer la misma jugarreta que con mi padre. Es que con Ez mis flash back de felicidad eran muchos, y reales, y como una palurda que es lo que soy, aunque ahora me haya aprendido un montón de títulos de películas y recuerde el nombre de otro montón de directores de cine, además de haberme familiarizado con calles y barrios de Madrid, que detrás de el muro de ladrillos que divide mi calle, eran para mí lo más parecido al Japón o la China, no he tenido más remedio que acordarme de mis Nochebuenas con Ez, de su preciosa casa de la calle Jenner,  de Rascafría vestida de negro, con su larga trenza de pelo azabache peinada primorosamente y perfumada con jazmines; y de la madre de Ez enfundada en un maravilloso traje azul marino de raso tornasolado, llena de collares de perlas blancas hasta las cejas, y con los labios pintados de rojo.. Y si a eso unes mi bulimia, como no acordarme del riquísimo pavo relleno de arroz y pasas que cada año nos cocinaba  Rascafría. Pero no sólo ha sido eso… recordar a Ez sonriente con esa paz que le recorre la frente y hace que ese gesto tan serio que él tiene se convierta en ternura, eso… ha sido lo que más he echado de menos.

                                             Sí, ha sido muy duro cenar sin Ez, sin su madre, y sin Rascafría; pero cuando estaba a punto de llorar me he acordado de la tía Gina y me he dicho a mi misma algo que la tía Gina me hubiera  dicho   con su particular sentido del humor :
 "Reginita, acuérdate de toda la gente que esta noche estará cenando rodeados de familiares que no pueden ver ni en pintura"

 “No llores, aunque no lo sepas, eres una afortunada”.

Y tras un brindis por mi madre, por la tía Regina y por mí he devorado una diminuta lubina. ¡Feliz Navidad!





sábado, 21 de abril de 2012

El esparadrapo no cura



Capítulo 13


Me he levantado moqueando, con dolor de cabeza, tosiendo como un hipopótamo en pleno atragantamiento de hierba, esto quiere decir que me he pillado una gripe: A, B, ó,  C. Una de las tres, seguro, y rezo para que no tenga que ir a ver a Puerto al Centro de Salud, porque es domingo, hoy Puerto no está de guardia, y el doctor que la sustituye los días que ella no trabaja, es cubano, y en vez de mirarte la garganta te mira las amígdalas mamarías. Sí, que me perdonen los hombres cubanos, pero el Dr. Granizo es un baboso de cuidado. Lleva tirándome los tejos desde que le trasladaron de Pueblo Nuevo, y que contentas deben de estar las mujeres de Pueblo Nuevo sin este adalid del acoso. Lo conocí un día que me caí a la entrada de la panadería y me hice un ocho en la rodilla; y si no es porque Puerto entró casualmente en la sala de urgencias; Granizo me cose hasta el hígado.
-Quítate la falda mi niña - y Puerto.
-Regina súbela un poco, para la rodilla es suficiente.
-Tú sabess que en Cuba hay muchas Reginasss…

<<Y, “dale al molino Severino”, ¡Qué me da igual que en Cuba haya mil Reginas!, que mi rodilla está destrozada y me cuelga de ella un pellejo que deja al descubierto un hueso que no conocía>>
Y el tío siguió, dale que dale, zumba que zumba , poniéndome telas verdes encima de la pierna hasta dejar un zulo redondo por donde sobresalía mi maltrecha rodilla; y luego pinchotazo de anestesia por aquí pinchotazo  de anestesia por allá, mientras  no dejaba de hablarme de su tierra, de lo mal que le pagaban  y de los favores que tenía que hacer a medio Pinar del Río. Menos mal que mientras tanto se me fue durmiendo la pierna  y no sentí la vainica doble que hizo con un hilo de seda azul,    finísimo. Porque plasta es un rato, pero en Cuba era un Cirujano Plástico buenísimo que se dedicaba a coser los "caretos" de las mujeres de los generales de Castro (eso es lo que me chivan las viejas  de la panadería, ellas, siempre están a la última en todo tipo de chismes). Y es que la Seguridad Social tiene estas cosas, de repente te encuentras con un Cirujano Plástico en mitad de mi barrio, que es como encontrar una litrona en el dormitorio de Isabel Preysler, hablando de plásticos y cirujanos.
La herida que me suturó el Dr. Granizo (llamemos a las cosas por su nombre, Regina), en diez días estuvo lista y a pesar de su acento meloso y lastimero, juro que ese hombre no ha pisado mi cama en ningún momento. Y que conste que antes de conocer a Edwardz  mi listón no era nada alto. El hombre es guapo, ojos verdes, tez morena y pelo castaño tirando a rubio. Pero como al Dr. Granizo le ves venir desde cinco kilómetros, cuando llega a tu lado tienes tal hartazgo que sólo tienes ganas de que te garabatee cinco recetas de Gelocatil y tomarte dos de golpe para que se te pase el zumbido de su "Son".
Y el zumbido de esta noche es de espanto, pero ni esposada bajo las escaleras de mi casa. Estoy drogada, y me siento como una de las octogenarias de la panadería, pero si cabe más vieja  y arrugada. Al Seroxat, que llevo tomando desde primeros de diciembre, le he añadido por mi cuenta un antibiótico que me deja con ganas de vomitar (sí, a veces me medico yo solita), o sea un mejunje medicamentoso que me convierte en un deshecho tóxico. Encima, "el Madrid" ha perdido por goleada, y no sé que me joroba más que pierda el Madrid, o ver que el Barça es la bomba. Y aunque paso del fútbol como de las botas de Messi, no lo puedo evitar, en estos momentos las derrotas de los demás las hago mías; y me siento una pobre merengue vapuleada. Y para rematar mi desamparo  Ez me ha llamado diez veces al móvil, y sólo de pensar en el pánico que me produce oír su voz para explicarme por enésima vez la dualidad de su corazón (entre la rubia o yo) me ha entrado un castañeteo de dientes que ni beber agua puedo. ¡Me estoy muriendo!

viernes, 13 de abril de 2012

Jersey Verde


Capítulo 12

 
<<Verá, fue en las rebajas, hace un mes compré este jersey de cachemir verde para mi novio, y a dos días de regalárselo su mucama me confesaba que el señorito Edwardz me estaba “quemando la pata”. Quémelo, regáleselo a los chicos de La Farola, cuélguelo de nuevo en su estantería de imitación de madera de nogal; o si puede hágame un vale. Tal vez cuando llegue la primavera lo pueda cambiar por un pañuelo de cuello para mí. Soy panadera, el dinero no me sobra, y no quisiera perder los ochenta euros que me costó este precioso jersey de diseño italiano con puños y mangas de popelín a rayas>>
Esas eran exactamente las palabras que tendría que haberle dicho al dependiente gay que me miraba detrás del mostrador con ojos de pantera hambrienta. Pero en vez de eso le entregué la bolsa de cartón negro, con letras plateadas, que guardaba en el armario de mi casa para el cumpleaños de Ez, y le largué una soberana mentira.

       -Mire que coincidencia…pero ya le regalaron un jersey igualito a mi novio…

El dependiente de los ojos de pantera, y calva reluciente (¿habrá Netol para las calvas?) me miró un buen rato, supongo que diseccionaba los rabillos negros a lo Cleopatra que me había pintado esa mañana y que a las siete de la tarde debían de formar un círculo gris marengo bajo mis parpados hinchados.
“Tururú de La Habana” -me dijo- mientras me alargaba un kleenex y se pasaba con disimulo el dedo índice por sus planchadas patas de gallo para ver si yo caía en la cuenta de que mi cara era la de un mapache con gripe.
“Tururú de La Habana” -me volvió a decir-, que le contara otro cuento chino, qué ese no se lo tragaba, y me dejó muy clarito que la dirección tenía órdenes muy estrictas para no cambiar mercancía tan caduca. Qué me tomara unos rabos de pasas para la memoria, y que la próxima otra vez hiciera los regalos con menos antelación.

Humillada, y sin negrura en los ojos, salí  de la tienda balanceando la bolsa de cartón como si  fuera una bailarina de charlestón que jugase divertida con uno de sus largos collares de perlas.  Tal ímpetu le puse al ejercicio que el jersey saló disparado del envoltorio y fue a caer sobre el capó de un coche que estaba aparcado en la calle Claudio Coello, (la calle donde se encuentra la tienda de la pantera calva).
Seguí caminando sin mirar atrás  y dejé la caja de cartón con asas de cordón blanco en la primera papelera que encontré. Cuando estaba a punto de llegar al cruce con la calle Hermosilla, una vieja con la cara plastificada por el botox y con un moño petrificado por exceso de laca me tiró de una de las mangas del abrigo para decirme que me había dejado olvidado un jersey encima del capó de su coche.

          -Y vaya usted más atenta, que casi me asfixio por devolvérselo -me dijo toda amable-. Mientras corría de nuevo calle arriba. 

Eso es lo que tiene el barrio de Salamanca, que robar, no te roban, pero para echarte la bronca están dispuestísimos.
Tentada estuve de atar el jersey a un semáforo, pero el miedo a que otra samaritana de la buenas costumbres me llamara al orden, y empezara otra vez con la misma copla: “Señorita, sí, usted la despistada, que se ha dejado el jersey en un semáforo”. Me dejó sin las malditas ganas de hacerlo.    
En mi barrio, en cambio, van más al grano. Deja tú el dichoso jersey verde encima del capó de un coche y a ver lo que dura allí, tres segundos justitos, no le doy más.
Y si te ven atándolo a una farola, se llevan la farola, el jersey, y te sueltan partidos de risa: “Tía, a ti se te ha ido la pinza, pero este jersey me queda “de buten”.
 Así son de resolutivos ellos, no se andan con remilgos. Ante la perspectiva de otra bronca ciudadana, con todo el dolor de mi corazón me marché a casa de Ez y se lo regalé a su mucama, y Rascafría no me preguntó nada, aunque ella y yo sabíamos las lagrimas que llevaba cada brizna de lana de aquel esponjoso tejido.
De vuelta a mi barrio he hecho el camino andando por el descampado que queda del Metro hasta mi casa. Un primer tramo lo he hecho llorando y he llorado más cuando he visto a una “pareja de retrasados” paseando su amor de la mano,  en un mismo paso, en un milimétrico andar acompasado. Él, alto, moreno, tostado por el sol, con la barba descuidada y los ojos extraviados,  parecía un presidiario que llevara el uniforme de la cárcel de Alcalá Meco. Ella, baja, rechoncha, fajada en una camiseta fucsia y unos vaqueros elásticos que le dejaban el culo aplastado como una carpeta. Una chica en silla de ruedas con el pelo rubio oxigenado y los brazos y piernas reducidos a escombros de tullimiento me ha cortado las lagrimas de cuajo. Luego, las voces de dos yonkis caminando con su colocón de lunes en manga corta, a pesar del frío, con el alma a cuestas y con la vida troceada en papelinas de coca se han llevado mi tristeza.  
        -Yo soy un hombre serio -le dice él- y estoy harto de ti.

Su melena larga y gris le tapa media cara, y en la otra media sólo se ve una oreja agujerada donde ya no le queda ni un solo pendiente de plata de los que solía llevar. La mujer, su compañera, camina detrás con paso enérgico apoyada en una muleta a pesar de la enorme mochila azul marino que lleva a la espalda.
      -Es mentira, es mentira -repite una y otra vez. 

Ez no me mintió a la vuelta del Festival de Gijón; vuelve a estar enamorado de la mujer flaca, rubia y con nariz de cerdito.  







viernes, 30 de marzo de 2012

Rascafría



Capítulo 11


A Madrid se le caen las hojas, y a mí se me han caído los palos del sombrajo. Llevo días que ni el olor de las madalenas recién hechas me levanta la moral, y le doy a la tila Alpina que es un gusto. Resulta que Ez me ha puesto unos cuernos de tomo y lomo. Y mira que mi capa de grasa de morsa ballenera me aísla bastante de los vaivenes de la vida y del amor. 
Los cuernos duelen aunque sean invisibles,  exactamente, duelen porque son invisibles. Porque si el susodicho te dijera: "oye te pongo los cuernos desde este día". Pues ya hubiera tomado yo las medidas oportunas.

La mucama de Ez se llama Rascafría. Sí, después de ocho hijos seguidos, a su madre no le quedaban muchas ganas de elegirle un nombre más bonito. No sé si la tristura que guarda  en su cara es por la carga de llevar ese nombre, o por  los secretos que  Rascafría guarda en su corazón. Uno de sus secretos es que le faltan tres dientes; que ella disimula con pegotes de cera blanca que pule y cuadricula como el mismísimo Miguel Ángel. Lo descubrí una  tarde  mientras trajinaba por la cocina y se le ocurrió prepararse un cafetito muy caliente, se lo bebió de golpe, y al primer sorbo se quedó mellada con tres agujeros negros en las encías inferiores. Cuando miró la cara de  profundo horror que puse al ver que se le había caído media dentadura, se puso tan nerviosa que no  anduvo con disimulos y me confesó muy compungida que los tres dientes le faltan desde los catorce años. Ya que en su tierra el agua es muy agresiva y  pulveriza el marfil como si fuera miga de pan.
Desde ese día, Rascafría me hizo jurarle por el Santo Cristo de su pueblo (yo, de santos y de cristos ando un poco escasa)  que el secreto de sus dientes no saldría de aquella cocina. Y como yo guardando secretos soy la mar de obediente, Rascafría  ha premiado mi silencio  con un SMS de amor que deja a Ez en el puritito fango. Porque creo que ya lo he dicho, pero otros de los secretos de Rascafría es: móvil que le pones al alcance de sus dedos, móvil que disecciona sin piedad. Ella lee con mucha curiosidad todo lo que sale en la pantalla de un teléfono. 
Y sí, con todo el dolor de mi corazón machacado por Cupido,  tengo que admitirlo: 

 "Ez me ha quemado la pata".  

Lo que más rabia me da es que me lo veía venir, qué tantas horas en el trabajo, tanta rueda de prensa, tantos estrenos no son buenos. Tengo un dilema, Ez otro. El mío es que no sé en qué momento voy a preguntarle a Ez,  que a quién quiere más, si a mí, o a la rubia con nariz de cerdito. Sí, otra vez la rubia del ascensor ha aparecido en nuestras vidas. Me temo que Edwardz es cobarde como una gallina de corral. Mucho Solondz, mucho Kim Ki Duck, Gus Van Sant y compañía,  pero a la hora de enfrentarse a sus emociones es Jerry Lewis, haciendo de profesor chiflado. Y  me  da miedo  que  Edwardz mienta, porque si miente, la silla electrica se va a quedar corta con los voltios que van a atacar el ambiente. Las mujeres quieren la verdad, bueno, a lo mejor algunas mujeres puede que no quieran la verdad, pero es que yo, Regina Bató vecina de un barrio de Madrid, necesito creer en alguien que no sea yo, la Dra. Puerto, y mi vecina  Luzdivina.

El problema es que Ez está desaparecido en el Festival de Cine de Gijón desde hace varios días, y su teléfono se lo ha debido de tragar algún besugo  del Cantábrico, porque por más llamadas que  hago a su iPhone 3, ni se estremece. Y mientras Ez no para de ver películas, yo no paro de pensar en las miles de cosas que le voy a decir  en cuanto lo vea.



<<Mira Ez,  no te enteras de nada; o tal vez no te quieres enterar. Qué listo, listísimo eres para ver como en el celuloide los demás engañan, dilapidan el compromiso, tergirversan todos los valores morales y los hacen a su imagen y semejanza, y luego vas tú y te meriendas la ética de la pareja de un mordisco. Estoy tan descolocadita que nada más llegar a casa he estampado contra el suelo dos cajas de sombras de ojos de Chanel, y no sabes la cantidad de baguettes que he tenido que vender para comprar esas dos cajitas negras. Ahora mismo, ni ganas tengo de llorar,  eso sí, he llamado a Puerto, mi doctora y le he puesto la cabeza como un bombo, es más, he superado con creces el bombo que lleva ella incorporado con una preciosa niña en formación de ser humano de seis meses. Pobre criatura, las cosas que ha tenido que escuchar esta noche por tu culpa. Sin nacer y ya enterándose de cuernos, rubias ansiosas y de una panadera idiota que no aprende nada de la vida.
¿Quién me mandaría a mí, ir al cine aquella tarde? y ¿Quién te mandaría a ti, pedirle el teléfono a los bomberos?
Edwardz no sé que decir, o sí:

“Huye con la rubia a Tierras de penumbra, o mejor dicho a Casablanca, y  lo que queda del día que se lo pase haciendo punto de cruz en el bar de Ricki; mientras Sam  toca al piano “As time goes by”. Y si el cartero llama dos veces, no abráis la puerta">> 


         -Tócala otra vez Sam...
         -Sí... señorita Regina.


And when two lovers woo
they still say: "I love you"
On that you can rely,
No matter what the future brings
As time goes  by





    



















viernes, 23 de marzo de 2012

El pánico, ese novio tan fiel. (Versión extendida)



 Capítulo 10


Nunca he tenido suerte con los hombres, nunca, ni siquiera con el loquero que me atendió cuando tenía 17 años. Fui a verle porque mi corazón galopaba más deprisa que un jockey a lomos de un pura sangre y en vez de tranquilizarme el galeno me sometió a un interrogatorio que me hizo sentirme como si yo fuera la prima hermana de Jack el Destripador. Me miró con cara de ajo en cuanto entré en su consulta, y le faltó poco para escupirme en la cara por cada síntoma que le iba contando.

      - Doctor…tengo miedo de salir a la calle.
      -¿Y qué más?
     -Tengo miedo de que a mi corazón se le olvide  latir, y se pare.
       -¿Y qué más?
        -Tengo miedo de irme al desierto (sabe Dios lo que se me había perdido a mí en la dunas), que me dé allí un ataque de nervios…  y como en el desierto no hay ningún hospital…
        -¿Y qué más?
       -Tengo miedo de que  la vida sea  una pesadilla y que yo sea la única   habitante de la Tierra que esté viva, y los demás ya sólo sean muertos.
           -¿Y qué más?
           -Tengo miedo de morirme.
           -¿Y qué más?

¿Y qué más, doctor…? El hombre estuvo tocándome los ovarios otro buen rato y finalmente me largó tres  recetas de Seroxat y otras tres de Lexatín, al tiempo que me decía: usted padece Crisis de Pánico y Agorafobia.

¡Vaya lumbrera de tío…!

<<Yo vivo en pánico, Dr. Cara de Cirio de San Cipriano. Lloro con pánico cada vez que pienso que me voy a morir. Y, lo peor de todo, siento pánico de mi misma, ¿lo entiende usted? Dr. Christopher Lee reconvertido en Psiquiatra>>.

Salí corriendo de aquella consulta blanca de paredes desconchadas con las recetas hechas un gurruño en el bolsillo izquierdo del abrigo, y sudando como una madeja de lana mojada. Al llegar a casa busqué en mi diccionario Larousse la palabra Agorafobia (el diccionario lo compró mi madre a plazos, a escondidas de el insípido, a un vendedor de enciclopedias que se pateaba el barrio cada primeros de mes) y su significado me dejó todavía más confundida.       
A pesar de no confiar ni un pimiento en aquel médico tan poco amable, pero especialista en miedos ajenos, empecé a tomar aquellas pastillas y poco a poco al cabo de algunos meses la química convirtió mi corazón en el de un ternero recién nacido. Y aunque los terneros nacen con el corazón latiendo a toda mecha, al igual que los bebés humanos, su latido se va acompasando y termina siendo un golpe de tiempo sincronizado con la vida. Y así fue, como   mi pánico a vivir  se fue diluyendo, pero en todas las batallas hay daños colaterales, y en mi caso la victoria  me dejó un rastro de tristeza y euforia que convivió  conmigo… a ratos, a días.
Y después de veinte años de bipolaridad crónica, pero muy bien llevada, cuando mi médica de cabecera (la Dra. Puerto, para más señas) a punto estaba de borrar del historial clínico mis vaivenes emocionales. Una luminosa, pero fría tarde de  noviembre de 2011;  la mucama de Ez, que es una cleptómana de los SMS ajenos, va,  y me larga con su inconfundible soniquete guatemalteco:

              -Señorita Regina… siento decirle… “El señorito Edward le ha quemado la pata”.          

jueves, 15 de marzo de 2012

El pánico, mi novio más fiel


  Capítulo 9

Nunca he tenido suerte con los hombres, nunca, ni siquiera con el loquero que me atendió cuando tenía 17 años. Fui a verle porque mi corazón galopaba más deprisa que un jockey a lomos de un pura sangre, y en vez de tranquilizarme el galeno me sometió a un interrogatorio que me hizo sentirme como si yo fuera la prima hermana de Jack el Destripador. Me miró con cara de ajo en cuanto entré en su consulta, y le faltó poco para escupirme en la cara por cada síntoma que le iba contando.

    - Doctor…tengo miedo de salir a la calle.
    -¿Y qué más?
   -Tengo miedo de que a mi corazón se le olvide  latir, y se pare.
     -¿Y qué más?
    -Tengo miedo de irme al desierto (sabe Dios lo que se me había perdido a mí en la dunas), que me dé allí un ataque de nervios…  y como en el desierto no hay ningún hospital…
      -¿Y qué más?
     -Tengo miedo de que  la vida sea  una pesadilla y que yo sea la única   habitante de la Tierra que esté viva, y los demás ya sólo sean muertos.
       -¿Y qué más?
       -Tengo miedo de morirme.
        -¿Y qué más?

¿Y qué más, doctor…? El hombre estuvo tocándome los ovarios otro buen rato y finalmente me largó tres  recetas de Seroxat y otras tres de Lexatín, al tiempo que me decía: usted padece Crisis de Pánico y Agorafobia.

¡Vaya lumbrera de tío…!

<<Yo vivo en pánico, Dr. Cara de Cirio de San Cipriano. Lloro con pánico cada vez que pienso que me voy a morir. Y, lo peor de todo, siento pánico de mi misma, ¿lo entiende usted? Dr. Christopher Lee reconvertido en Psiquiatra>>.

Salí corriendo de aquella consulta blanca de paredes desconchadas con las recetas hechas un gurruño en el bolsillo izquierdo del abrigo, y sudando como una madeja de lana mojada. Al llegar a casa busqué en mi diccionario Larousse  la palabra Agorafobia ( el diccionario lo compró mi madre a plazos, a escondidas de el insípido, a un vendedor de enciclopedias que se pateaba el barrio cada primeros de mes)  y su significado me dejó todavía más confundida.       
A pesar de no confiar ni un pimiento en aquel médico tan poco amable, pero especialista en miedos ajenos, empecé a tomar aquellas pastillas y poco a poco al cabo de algunos meses la química convirtió mi corazón en el de un ternero recién nacido.