jueves, 31 de enero de 2013

Dios te bendiga, Princesa


Capítulo 24

En mi barrio nadie te pide ni un duro, imagino que todos sabemos que estamos más  pelados que una naranja en un plato de postre del Hotel Ritz, y no perdemos el tiempo.
En cambio en el barrio de Ez o mejor dicho en la estación de metro de Alonso Martínez, que es la estación cercana a su casa, te puedes encontrar un desfile de pedigüeños de lo más variado. Por ejemplo, hay una colección de rumanos que andan con muletas, van descalzos llevan la  ropa raída, mugrienta y tan sucia que me recuerdan a mismísimo Oliverio Twist.
Los mendigos rumanos me ponen de una mala leche increíble:

1 -Porque mandan a los niños de cinco años a robar en los cajeros automáticos.

2 -Porque quieras o no quieras aprovechan los semáforos en rojo para chorrearte el cristal del parabrisas  del coche con un liquido pegajoso, para  luego  terminarlo  de guarrear con un cepillo que parece el mismísimo bigote de Groucho Marx.  Y mientras tú le dices que no al del bote del detergente,    el rápido del grupo abre la puerta de al lado del conductor y en un segundo te levanta el bolso o el móvil, tan ricamente.

3 -Porque los falsos cojos con muletas  con la piel más negra que el carbón y,  con una sonrisa mellada de oro amarillo no me producen ninguna pena.

 Su pobreza me atraviesa la dignidad, porque  también  para ser pobre hay que tener la dignidad dentro, y por eso no hay que  jugar con bebés recién nacidos para dar lástima, ni andar descalzo por la calle a cuatro grados bajo cero. ¡Santos Dios! Qué estamos en el siglo XXI, el siglo de la radiactividad, donde sobra ropa y falta amor. Y la Edad Media, la Alta y la Baja hace tiempo que pasaron. 


     

La esquina de la calle Gaztambide con Rodríguez San Pedro pertenece a  una anciana que hace la compra con las monedas que pide. Tendrá ochenta o más años, lleva una falda de cuadros, y un abriguito de lana negro que le  llega por encima de la rodilla. Te pide dinero para  comprar tomates, un puerro, y un filete de tapilla, y cuando le das las monedas siempre te contesta con un “Dios te bendiga princesa". Y te dan ganas de tomarte un café con la anciana y mandarla con otro anciano que  a las ocho de la tarde abre su funda de violín en otra esquina cercana y toca una y otra vez un adagio tan bonito que se te saltan las lágrimas. Tal vez sean amantes, tal vez se hayan enamorado de esquina a esquina, de tarde a mañana. Ella, con la cara trasparente y llena de pecas doradas, y él con el pelo blanco, rizado, retorcido en tirabuzones que amarillean como la púa de nácar de su violín. Tal vez solos en casa hagan recuento de monedas y brinden a la luna su amor.
En mi barrio ya he dicho que no hay pobres por las calles, sólo pobres  que curran, y si alguien lo pasa mal se queda en su casa, y Pascuas Santas como dice Rascafría. 
Y como unas  Santa Pascuas se lo ha pasado Ez en la India con la rubia con nariz de cerdito. Volvió purificado del Ganges y ahora le ha dado por fumar   unos cigarrillos de liar que huelen a miel. ¡Ay!  Con el trabajito que le costó que yo dejara mi paquete de Ducados en la papelera de la tahona para siempre. Hasta me regaló unas sesiones de hipnosis por nuestro primer aniversario  para que dejará humear como una chimenea. Y la verdad sea dicha que aquel peluquero del inconsciente al que me llevó me hipnotizó a base de bien. Cuando estaba en pleno trance hipnótico tumbada en un sofá de los de piel de becerro, me colocó un cenicero lleno de colillas asquerosas que olían a rayos debajo de la nariz y me hizo aspirar aquel perfume  profundamente, al tiempo que repetía un mantra de lo más idiota, pero eficaz: "Cada vez que fumo mi vida se hace humo”


    Humo asqueroso-añado yo- porque me dio tal arcada oler aquel nido de nicotina infecto,  que no he vuelto a encender un cigarro desde ese día. Y eso que ganas no me faltan, porque desde que lo dejé con Ez me fumaría hasta un cohíba si pudiera. Pero… si yo no tenía voluntad para dejar de fumar, ahora no tengo voluntad para desobedecer al peluquero…
     


    

jueves, 17 de enero de 2013

Juan Roeta, chapero de medianoche


Capítulo 23

      Otra de  las estupendas películas que he descubierto gracias a Ez ha sido Cowboy de medianoche. La vimos en su casa, cogidos de la mano,  mientras su madre entraba a hurtadillas en la sala de estar y le daba besos en la cocorota a Ez, hasta que Rascafría vino a buscarla  y la llevo a dar  su paseo vespertino  por las calles cercanas a Jenner. Cowboy de medianoche  me hizo llorar, a Ez también, ese día   descubrí su lado tierno. Porque si alguien sabe de amor son esos pobres diablos cuidando el uno del otro, a pesar de la perra vida que llevan.  Y  es verdad  que la interpretación de Dustin Hoffman me parece un poco “afectada”, como diría  algún crítico amigo de Ez, pero Jon Voight, el padre de Angelina Jolie, borda a un  vaquero bonachón con el espíritu ingenuo que todos querríamos tener aunque la vida nos fuera  matando  a palos cada día. Y ese vaquero sabía mucho de palos.
 Yo tuve suerte de tener a mi lado a la tía Regina, y de que a mi madre la poseyera tanto la incultura que le diera ese tinte de primaria, tuve suerte de que no fuera  una mujer amargada de las que se nutren de despellejar a sus semejantes porque odian tanto su vida que sólo tienen fuerzas para fijarse en la de los demás. Mi madre era tan primitiva y tenía tanto que hacer, que  ni siquiera tenía tiempo para saber que odiaba su existencia, sólo trabajaba para que el insípido no se quejara de lo pobres que éramos, y ni una sola frase más adornaba su cerebro. Yo, sin embargo, tengo un problema, las semillas cinéfilas de la tía Regina, las clases de literatura en el colegio de monjas fueron pronto escarbando en mi corazón de tierra, y poco a poco germinaron pequeños brotes verdes (no, los brotes verdes del hombre de las cejas picudas no eran), y para cuando  Ez  llegó a mi vida los brotes eran ya unos robustos troncos con hojas que estaban deseando  que les echaran agua. Y cada nuevo libro que leía, cada nueva película que veía, me fueron llenando la vida de personajes que me acompañaban a diario, como si cada uno de ellos me susurrara secretos para poder seguir viviendo sin vergüenza. Y un día, un buen día me encontré garabateando palabras en un papel de estraza manchado de grasa que recogí de dentro de un montón de cajas de cartón que se apilaban en la puerta de la panadería. 
     
Tenía los párpados hinchados, violáceos, como si los llevara pintados de una sombra color lila comprada en una tienda china. Vestía vaqueros gastados, camisa blanca y una chaqueta camel de lana fría. De su brazo derecho colgaba un Vuitton falso, y en la mano un cigarrillo extralargo humeaba volutas deslizándose por sus dedos lánguidos.
Miró a la mujer enlutada que tenia la cabeza apoyada en la pared, con osadía, con rabia, pero realmente no la veía. Juan había velado toda la noche el cuerpo de su amigo, y las sombras violáceas eran ojeras manchadas de sangre por todos los capilares que se le habían roto debajo de la piel, por tanto llanto. 
Atravesó el pequeño cuarto atestado de gente enlutada, apartándoles de su camino con un ademán de desprecio y sin dejar la pose de niña malcriada y mimada por la vida, aunque en su vida no lo había mimado nadie, sólo el muchacho rubio que estaba en aquella caja de pino teñida de marrón. La madre de Juan estaba en esa casa, y ni siquiera lo miró, alzó la vista del suelo unos instantes en el momento que Juan se cruzó con ella y siguió enjugándose las lágrimas con un pañuelo blanco arrugado, hecho una bola llena de grietas oscuras.
Juan Roeta era un muchacho que cuadraba carambolas en los billares de Paulino el tonto, al que yo miraba desde lejos y caminaba con la cabeza alta llevando el viento a su lado.   















lunes, 7 de enero de 2013

Muerte o susto





Capitulo 22

No sé que decir en los entierros, ni en los velatorios, ni en ningún sitio parecido. Otro bestia perturbado ha matado a cuatro personas, y me imagino a los padres de las víctimas, a sus hermanos, a sus amigos con la pedrada en la cabeza mirando a la nada atiborrados de Valium o de Lexatín, o de la porquería que receten en Oklahoma para no sentir la vida. Yo no podría estar ni un segundo al lado de ninguno de ellos. No sería capaz de inventarme una sola palabra de consuelo.
 
Cuando enterramos al insípido mi madre se empeñó en organizar una misa con el padre Manuel, el párroco del barrio, y lo que pasó en esa misa fue algo horrible. No porque aquello fuera una farsa, que lo era, ya que mi padre tenía de cristiano el agua que le echaron por el cogote en la pila bautismal de su pueblo, y desde entonces había llovido y nevado mucho. Los domingos que el insípido acompañaba a mi madre a la Iglesia,  mientras el padre Manuel  recitaba la homilía, el insípido leía el Marca tranquilamente sin cortarse un pelo. Le importaba un pito hacer ruído al desdoblar las pagínas del periódico, o meterle un codazo a la feligresa de al lado mientras se quedaba embobado ante los titulares por el pepinazo de gol que había marcado la Quinta del Buitre. El insípido, aunque pobre, era merengue hasta los calcetines. Sí, los llevaba blancos siempre, aunque mi madre le dijera que unos zapatos negros tienen que llevar los calcetines del mismo color.
El padre Manuel, sin embargo, era  un profesional de los pies a la cabeza, y como profesional de la Iglesia Católica Apostólica Romana le debía importar un bledo que el insípido leyera o no leyera en misa, y otro bledo más que no llevara los calcetines negros. Por eso, cuando le tocó hablar de mi padre en aquel funeral de despedida, los adjetivos que salieron por su boca fueron trasformando al insípido en un hombre que ni mi madre, ni yo, ni las vecinas que estában allí presentes habíamos tenido el gusto de conocer. Y el nivel de persuasión y de vehemencia del padre Manuel fue tan convincente que no tuve ninguna duda de que el insípido era un buen cristiano  que sería acogido eternamente en el seno de  los justos. Y mientras escuchaba los enardecidos elogios que no paraba de vitorear desde su púlpito, en vez de cabrearme como un pantera perseguida por una jauría de perros rabiosos y quitarle de un zarpazo la biblia de las manos,  empecé a llorar sin consuelo como una babosa espachurrada por las palabras de aquel hombre desconocido que hablaba de nadie, pero con tanto sentimiento que logró que el insipido pasara a ser alguien, alguien muy importante para mí. Y entonces empecé a acordarme de  aquellas mañanas de caza, del canto de las codornices, del vuelo de las tórtolas, y de todas las veces que el insípido me enseñó a montar y desmontar aquella Beretta de tercera mano que se había comprado en una pequeña armería de Moratalaz. Me tiré llorando una semana, convencida de que el insipido había sido un buen padre, y yo y mis chirucas sabemos que no lo fue. Desde entonces no he pisado una iglesia, por si el padre Manuel, y alguno de sus adláteres, con su oratoria resucitan a la vida muerta que he ido olvidando.