domingo, 31 de marzo de 2013

Yo no soy Pretty Woman


Capítulo  27

He decidido dejar de enamorarme platónicamente de cualquier hombre que pase por mi lado y me diga tres tonterías melosas bien dichas. Porque la mayoría de las veces, el enamoramiento se trata de eso, de lo que uno quiere escuchar.
Ez no es un hombre muy dado a los piropos, a las adulaciones. Te puede decir que estás muy guapa con el mismo tono que pide un café con leche en la cafetería que hay al lado de su casa. En lo que a romanticismo se refiere  es plano como un línea de telégrafos, y mira que ha tenido tiempo de fijarse un poquito en Bogart, en Redford, en Paul Newman o en algún XY que él considerase oportuno para aprender un poquito de entonación romántica.


Mientras sueño con frases de poetas, Ez sigue con la rubia a su puñetera bola. Sigue sin manifestarse en mi vida,  y ya vamos por el 14 (catorceavo, si) mes de ruptura. En mi aburrimiento de  amor desesperado, ayer, me enrollé con un hombre que entró en la panadería cuando estaba a punto de cerrar. Físicamente no se parecía en nada a Ez, porque además ser calvo, ojeroso, iba vestido con ropa  tres veces por encima de su talla verdadera. Tenía una voz aguardentosa y bronca que hubiera espantado en la noche a cualquier damisela de barrio pudiente, pero a mí después de escuchar los gritos y susurros de mis clientas durante casi doce horas seguidas, su voz me parecía pura música y no pude decirle que no a una amable invitación. 

      Me dejarías invitarte a una cerveza, si no tienes  algo mejor que hacer…

<<No, no tengo nada que hacer, no bebo cerveza, pero esta noche voy a beberme las que tu digas “Príncipe del Lúpulo">>.

 La cerveza, la tomamos en un  Pubardisco cercano a la tahona  y después una prolongada sesión de besos de tornillo nos dijimos  adiós con una sonrisa que llevaba implícita un no vuelvo verte, mientras nos alejábamos en direcciones opuestas. Yo  soy una Panadera Woman, y  sólo a las Pretty las van  a buscar en limusina.

Tal vez en mi próxima vida seré castigada, tal vez ya lo estoy siendo por odiar, amar y maldecir a un tiempo. Pero es que llevo mal, muy mal los Jueves Santos en soledad y con la cruz del desamor sobre mis costillas; y esa cruz ya me va pesando como si fuera de plomo.
Hablando de plomos:
La madre de Ez no termina de levantar cabeza desde aquel coma etílico a base de chupitos de vodka (ver capítulo 20), realmente sigue con la pedrada en la cabeza de un amor que debió dejarla, como a mí, trastornada, y que como no soy tonta se debía de llamar Pablo, ya que ese nombre era el que gemía una y otra vez la señora madre de Ez mientras el alcohol le daba permiso para gritar lo que realmente le viniera en gana.
Rascafría, por otra parte, no deja de engordar las acciones de su operador de móvil, ya que no deja de llamarme tres o cuatro veces reclamando mi presencia en Jenner 5.
Y mientras eso pasa en Madrid, en otro rincón del Planeta, en las Hoces del  río Duratón, para ser exactos,  canoa arriba, canoa abajo, dos amantes  pasean su amor a golpe de remos por los  desfiladeros de roca alentados por el silencioso  vuelo de los buitres.


¡¡¡NO me toques los ovarios SAN VALENTÍN!!!

¿Es ese el acuerdo al que habíamos llegado tú y yo aquel 14 de febrero de 2010? ¡ Creo recordar  que yo no te pedí nada, lo  organizaste tú solito!
Vamos a ver, no planeaste que Ez me jurase amor eterno en un hotel de Praga cercano al Palacio de invierno, aquel día de los enamorados mientras me miraba con sus ojos miopes  llenos de amor y mientras me besaba apasionadamente.
¡¡¡Entonces, San Valentín, hoy Jueves Santo, estando a punto de morir nuestro señor Jesucristo en la Cruz, por qué permites que   Ez y  la rubia estén otra vez de vacaciones !!!
Y no te vayas a escaquear ahora, contándome lo del libre albedrío. San Valentín, tú tienes la culpa de todito lo que me  está pasando, así que, asume responsabilidades, porque los santos también se equivocan. Dime tú, si no podías haber movido algunos hilos en el cielo, qué alguna mano tendrás, y no me vayas a decir que no, porque tú eres un Santo muy bien considerado en las alturas.
No podías, repito,  haberle pedido un favorcillo a San Blas para que hubiera dejado mudo al mentiroso de Ez aquella noche tan bonita.
No lo hiciste San Valentín, y por no hacerlo he vivido un sueño que no me pertenecía. 


Ahora pienso en esa maldita noche de Praga y me entran  ganas de convertirme en torpedo y no dejar ni una sola canoa a flote en el río Duratón. Y, ya estamos a Viernes Santo, el Señor ha muerto por toda la humanidad para ver si de una vez dejamos de ser malos; y yo sin embargo, estoy poseída por el reverso tenebroso.

San Valentin, ya lo sabes, me debes una.

lunes, 4 de marzo de 2013

Mi novio el rata





Capítulo 26

Los del barrio le llaman cariñosamente Marcelo el periodista (porque es el dueño del kiosco de periódicos). Yo, sin cariño ninguno, le llamo Marcelo el rata. Porque Marcelo tiene conciencia de pobre y eso es lo más terrible que le puede pasar a uno por mucho dinero que gane. Yo fui para Marcelo el simbolismo de la riqueza, ya que por trabajar en la panadería tenía pan gratis  todos los días, y mi sueldo, aunque pequeño, no me faltaba a fin de mes.


Pero Marcelo a pesar de ser un pequeño burgués y pagarse él solito la Seguridad Social (que es lo que hacen los trabajadores autónomos de toda la vida), se consideraba el hombre con menos fortuna de la tierra. Lo conocía de la panadería, de venderle un pistolín raquítico por 0,45 euros cada miércoles. Una semana justa  le duraba la barrita de pan, que debía de racionar  como si fuera  el mismísimo  ciego de El lazarillo de Tormes.  Empecé invitándole una tarde al cine a ver Las horas (se durmió a los cinco minutos de  sentarse en la butaca) y terminó cenando en mi casa día sí y día no.
Marcelo era un buen amante, no lo voy a negar, y cada día se esmeraba por ser mejor. Cuidaba su cuerpo como si fuera un atleta maratoniano. Además de llevar una dieta espartana, y no beber una gota de alcohol, Marcelo corría quince kilómetros a lo Fermín Cacho todos los días. Nunca tomaba ni un gramo de azúcar,  y más de una vez tuve el presentimiento de que podría echar a volar por la cantidad de pechugas de pollo que devoraba, eso sí, siempre a la plancha.

 Marcelo tenía un pene perfecto, un cuerpo perfecto, pero desgraciadamente, una mente bastante oxidada. Aparte de leer El País todos los días de cabo a rabo y recitarme artículos de política, pare usted de contar. Marcelo  se reía de mis libros y novelas,  y no paraba de repetirme que yo era una obrera y leer libros que despertaran  mi sed de riqueza solo me iban a llevar a la ambición  capitalista, y por lo tanto a la insatisfacción y a la depresión. Hasta que un día harta de  su tacañería enfermiza, de sus broncas, de sus manías, que eran muchas, y no merecen la pena ser relatadas; decidí dejarle utilizando una sofisticada arma secreta.

Una noche le esperé en pelotas encima de la cama con cincuenta billetes de metro repartidos en mi cuerpo desnudo. Cincuenta euros fue la cantidad exacta que me costó dejar a Marcelo, porque el gasto no justificado era para él, invocar  al mismo demonio. Y no me equivoqué un pelo, porque en cuanto entró por la puerta  y me encontró de esa guisa, recogió  su par de calzoncillos, el cepillo de dientes, y su ridículo calzón rojo y se marchó de mi casa dando un portazo, llamándome loca, irresponsable y culpándome de haber roto nuestra maravillosa historia de amor.
Todos alguna vez hemos utilizado a otros con premeditación y alevosía, y yo reconozco haber utilizado a Marcelo por su atributos de gladiador romano, pero no sólo de carne se alimenta el alma humana, y yo por el momento sigo prefiriendo el escuálido cuerpo de Ez, su ausencia de músculos y compartir la locura del mundo en pequeños ratos de silencio, mientras su piel y la mía cambian cromos…