martes, 29 de octubre de 2013

Boda en las Vegas


Capítulo 38

¿Cómo urdir una mentira y qué no te pillen? Fácil, muy fácil, creyéndotela como si fuera una absoluta verdad. Igualito que los políticos acostumbran a hacer. Estoy segura de que todos, TODOS, se escriben una chuleta mentirosa y la recitan al acostarse y al levantarse.

¡Cómo creerme la mentira de mi boda en  las Vegas!
¿Cómo..? Huyendo de mí hasta los confines más extraordinarios, y nutriéndome de odio y de resentimiento.
Odio a la rubia, odio a Ez por haberme abandonado por otra, odio a mi misma  por ser débil y no dejar a Ez vivir con su nueva memoria, solo.
Hemos llegado a Las Vegas en un avión de la compañía American Airlines, Ez ha estado leyendo durante todo el vuelo y dándose paseitos por todo el avión, estirando cuello, cabeza, hombros y extremidades como un Robocop. 
A pesar de viajar en primera clase, no ha querido dormir, teme despertarse en una cama de hospital lleno de cables y de tubos. A pesar de inyectarse Heparina (una substancia para que la sangre sea más líquida), Ez no se fía de su sangre. 
Pobre Ez, sin saber quién es, añorando quién era. Está demacrado, todavía no ha recuperado los kilos que ha perdido mientras ha permanecido ingresado en el hospital. Desmayado en  esa cama, inmóvil, luchando contra el tiempo, parando las manecillas del reloj y esperando que sean las doce. Sí,  pobre Ez, los huesos de los pómulos se le dibujan bajo la piel amarillenta. Sus ojos más trasparentes que azules parecen haberse consumido en un arañazo de luz.
Nos casamos mañana en una de las capillas de Las Vegas. He elegido para la ceremonia un vestido rojo de gasa con escote en pico. Sencillo, pero seductor. La madre de Ez me ha prestado un collar de brillantes que no me he quitado del cuello desde que salimos de Madrid, y que tapo con un pañuelo de algodón de color mostaza. Estoy convencida de que  medio barrio mío se podría remodelar con los euros que cuesta esta joya. “Los brillantes reflejan una luz gris acerada, por eso  son verdaderos".  Eso me dijo Dámaso, el único joyero de mi barrio. El hombre,  me dio una lección  de gemas preciosas una tarde que fui a comprar unos pendientes de plata. Gracias a Dámaso y a la madre de Ez he descubierto el verdadero color de los brillantes.   
Ez me mira con dulzura, sé que se alegra de verme a su lado, de amarme, de recorrer su boca por mi cuerpo, frenar, respirar y estar dentro de mí. Él no consigue recordar, yo no puedo tener un orgasmo. Mi cuerpo siente todo su deseo, todo su amor, y mi cerebro canalla, impide que lo disfrute.
<<Todo irá mejor después de la boda, todo volverá a ser igual que antes>>
Estamos alojados en el  Hotel Bellagio, es un guiño a la película Ocean´s Eleven. Ez así lo ha querido, nunca he estado en un hotel tan grande, tan americano, tan lujoso, tan lleno de luces estridentes. Las Vegas parece una antorcha de colores desde el cielo, desde el suelo es un parque temático de neones y edificios. Es un monopoly gigante,  Las Vegas, si no fuera por Las Vegas sería un enorme  armazón  de plástico y papel maché adornado con bombillas. Cecilia, mi bruja ludópata, moriría con gusto en las Vegas al pie de una máquina tragaperras sepultada por un montón de monedas. Mi bruja ludópata recorrería  extasiada  las calles de Las Vegas entrando y saliendo de los casinos. Mi bruja ludópata me dijo un día: “Veo a una mujer vestida de novia en un desierto. Debe decir la verdad para ser feliz".
Esta noche me he levantado de madrugada, a hacer pis, a beber agua, a mirar mi vestido que está colgado metido en una preciosa funda de plástico trasparente en un perchero, cercano al armario.
Ez  estaba también levantado, se miraba en el espejo del baño, se miraba las manos, los labios. Debía preguntarse que parte de él sigue escondida en alguna parte.
He sentido pena al verle, pero la rabia, otra vez la rabia ha hecho que la tristeza se fuera pitando por el agujero del retrete mientras tiraba de la cadena.

    -Cariño -le he dicho- vuelve a la cama. ¿Quiéres otro Orfidal?
Me ha dicho que no con la cabeza, me ha dado un beso en la frente y se ha metido otra vez en la cama. ¿Habrá recordado…, y si su mente  ha sido asaltada por una diligencia llena de rubias?
De mi mentira, de mi gran mentira, Rascafría es la gran guardiana. Me apoya con la fidelidad de un perro, porque no olvida la borrachera de Jenner, porque no olvida los jueves que la he acompañado en los delirios de su señora anciana, porque me considera una hermana mayor que la protege de la soledad de un país extraño.
                                                       Son las doce de la mañana, el desierto de Nevada arde y los neones de  las calles de Las Vegas también. En cambio en el interior del hotel Bellagio, 18 grados centígrados hacen que me tenga que poner una chaqueta de Ez encima del precioso vestido rojo de boda PARA NO  morirme de frío. Los recepcionistas me miran embobados, sé que mi escote no es apto para  barbilampiños adolescentes. Les miro con ganas de meterle dos cañonazos en sus ajustados uniformes, hasta que uno de ellos reacciona y nos acompaña hasta la salida donde nos espera una limusina blanca. Ez sonríe nervioso, todo es tan desmesurado. Todo preparado, por una mujer pobre con sueños de Cenicienta. Yo también estoy nerviosa no paro de mirar las calles tras  los cristales tintados de las ventanillas de la limusina. Un paseo, un último paseo de soltera esperando llegar a White Chapel donde el reverendo Aston Martin nos espera. El reverendo tiene cara de garza colorada, su mujer es una pequeña gallina clueca de ojos negros. La garza colorada tiene un porte impecable, una levita marrón oscura, un clergyman blanco nacarado y una biblia negra con letras doradas le confieren la autoridad necesaria para apabullar a una chica de barrio. Estoy temblando,  Ez me coge de la mano, la besa con dulzura, se me saltan las lagrimas.
El reverendo Aston inicia la ceremonia, lee un salmo que no se queda en mi memoria, y luego:
Do you Regina Bató
Do you Edward Castroviejo
Estáis aquí reunidos…
-¿Quieres a esta mujer ..?
-Sí quiero –dice Ez, mirándome con dulzura.
-¿Quieres a este hombre..?
-Si quiero -digo yo, mirando a Ez con devoción, obsesión, o tal vez amor.
"YO OS DECLARO MARIDO Y MUJER"

Ramo en alto, pulseras de cuero negro, enlazan nuestras muñecas.

Una lluvia de arroz sale del puño de la mujer del reverendo, unos pétalos de rosas blancas caen sobre la cara de Ez que dibuja una sonrisa de satisfacción.

Ez y yo juntos por fin, Ez y yo un solo río, fluyendo como dos manantiales.















miércoles, 9 de octubre de 2013

LAS VEGAS: “Hagan juego…”


Capitulo 36 




Soy feliz, muy feliz,  porque Ez y yo hemos vuelto a hacer el amor, y otra vez he vuelto a sentir la misma paz que sentí en aquel  hotel de Praga donde me juró amor eterno.

Mi plan de reconquista  empezó el primer día que la rubia apareció por el hospital. No la he vuelto a ver,  ni quiero volver a verla. Con la mirada de estúpida encabronada que me clavó en el holl del hospital tengo bastante recuerdo.
Rascafría es mi aliada en esta lucha de poder que mantengo con mi enemiga. Me he camelado a todos los turnos de enfermería del hospital, les he contado que la rubia es una loca trastornada que acosaba a Ez mucho antes del accidente, y gracias a  Rascafría que lo ha jurado con cara de pánico he logrado que lo  creyeran a pies juntillas. Reconozco que  todos los  libros que he leído me han ayudado mucho en imaginar la historia que me he montado.

Las mujeres somos únicas en despedazarnos unas a otras, pero cuando se trata de defender una causa colectiva, nos unimos como Fuenteovejuna. Por eso, cada vez que aparece en escena la rubia, no hay enfermera, auxiliar, o señora de la limpieza que le diga a la “ponecuernos lánguida”, que el paciente de la habitación 29 tiene prohibidas las visitas. Sí, estoy jugando mis cartas, pero con ases escondidos en las mangas, que si se descubren…



 



Desde que Ez se recuperó del coma, totalmente, puse en juego un elaborado plan para que él y yo estuviéramos juntos para siempre. Dos meses antes de que Ez me quemara la pata con la rubia, viví una noche muy especial.

Era jueves, Ez me llamó para que fuera a recogerle a la salida del periódico. Le vi llegar cansado, con los ojos rojos, como si hubiera estado llorando, llevaba el cuerpo abandonado dentro de su trenka azul marino de lana, caminó absorto unos metros por la acera mirándose las botas, hasta que le di  un corto pitido con el claxon, avisándole de mi llegada.
Entró en la furgoneta, me besó en los labios, me miró a los ojos, y me dijo con voz temblorosa: “Cásate conmigo, Regina”.


Y yo, una pobre chica de barrio negro, le dije que sí llorando como una plañidera. No hubo anillo, ni rodilla en el suelo, ni siquiera una cena romántica a la luz de las velas. Bajo el reflejo de la  luna  llena nos besamos en silencio. Me acurruqué en el pecho de Ez y dejé que mi cabeza por primera vez en la vida estuviera tranquila, vacía de pensamientos turbios y de miedos.
Firmamos nuestro amor en una hoja de papel un cinco de noviembre del año 2010. Ez dobló aquel pequeño contrato hasta hacerlo una minúscula cuadrícula y lo metió en uno de los compartimentos de su billetera. La billetera de Ez llegó de nuevo a mí, el primer día que lo visité en el hospital y uno de los celadores de urgencias me la entregó,  se la había  encontrado caída en el suelo mientras Ez se debatía  entre la vida y la muerte.
Revisé la billetera minuciosamente, y en uno de sus compartimentos seguía  intacto nuestro pequeño contrato de amor.
Aquella noche de noviembre cenamos en un restaurante pequeño que está cerca del periódico y Ez me desveló entre risas y caricias cómo sería nuestra boda. Iríamos a Las Vegas, nos casaríamos en una pequeña capilla, allí empezaría nuestro guión, un guión escrito por la mano  de un  reverendo flacucho y desgarbado que nos declararía marido y mujer.  
¿Por qué en Las Vegas? Porque Las Vegas ya eran demasiado compromiso para Ez, y Las Vegas, suficiente alegría para mí.

Ez tiene una laguna negra en la memoria del amor. No recuerda absolutamente nada de su vuelta con la rubia, tampoco recuerda ni un solo segundo de su estancia en Australia.   Sólamente recuerda nuestra historia, y lee esa pequeña cuadrícula de papel en donde está estampada su firma y la mía intentando ponerle nombre a los vacíos que flotan en su mente. Yo lloro por dentro cada vez que lo hace, a pesar de que fui  la que le entregué la billetera, jugando otra carta más de mi juego.

  Tal vez, tal vez… la memoria de Ez sea más valiente que su propio dueño y le libre de los pecados del espíritu. Tal vez su memoria sea un sheriff justiciero que pretende apaciguar la culpa.

<<¿Y tú culpa Regina?>>

<<La culpa, dormida. >>