domingo, 16 de junio de 2013

Congelada, que no muerta

Capítulo 32



Soy una nueva  mujer desde que he decidido pasar  página a mi amuermante  vida amorosa. Sí, me encuentro bajo los efectos de la euforia del olvido,  y estoy contenta, muy contenta.
A lo mejor, el derroche de tanta felicidad está motivado por una mujer brasileña, con cara de queso de bola, que han fichado en el polideportivo municipal para dar clases de Pilates a las mujeres de mi barrio. 

Hay recortes, sí, las paredes están desconchadas y las puertas de los vestuarios se han convertido en unas cortinas de tela plastificada que huelen a moho. A pesar de que tampoco hay agua caliente en las duchas (como vamos para el verano, tampoco importa), la clase de Cristina, así se llama nuestra profesora, está siempre llena.
Somos un grupo de lo más extravagante, por decirlo de una manera amable, porque si estuviera en plena bipolaridad (que no lo estoy) lo llamaría esperpéntico y me quedaría tan fresca. 

Dos travestis, que van pintadas como dos puertas y con mallas de plexiglás, cinco pensionistas más redondas que el globo terráqueo, un adolescente con granos y una incipiente  chepa, y una mujer calva y sin cejas, a la que no paran de saltársele las lágrimas.   

Las alumnas somos una muestra de los estragos que hacen los hidratos de carbono en las clases bajas.  El sobrepeso nos acompaña y no tenemos ni idea de los músculos que se esconden debajo de nuestros michelines. A Cristina le importa un bledo, porque no para de gritarnos, darnos órdenes y de decirnos a una velocidad de vértigo, que apretemos el culete, recojamos el esfínter,  abramos las costillas, contraigamos el suelo pélvico, y ah sí, respirar. En Pilates es fundamental la respiración. Inspiro, respiro…inspiro…respiro.   Yo no me entero de nada, he tardado dos semanas en descubrir lo que era el suelo pélvico, un esfínter, cómo para respirar con las costillas.
A pesar de los gritos de Cristina, a lo máximo que llego es a poder respirar sin marearme. Reconozco que desde que practico Pilates, me siento mejor. Supongo que al tener la cabeza concentrada en músculos, respiraciones y en partes de mi cuerpo que no conocía, esto hace que no piense por una hora en mi vida, y eso me da fuerzas para ver los días más luminosos, sí, exactamente es eso. Desde que voy a las clases de Cristina soy consciente de que mis días son mas luminosos.
 Llevada por la euforia del deporte me he comprado unos calzones  negros,  unas zapatillas de deporte y he decidido correr por el descampado que hay al lado de mi casa, imitando al mismísimo   Rocky Balboa. Y corriendo, corriendo, he llegado hasta la calle de Fortuny, más concretamente a la puerta de la capilla de la Virgen de Lourdes, y mientras esperaba que la madre de Ez y Rascafría salieran de oír misa de doce, me he puesto a hablar con la gitana rumana que siempre está por los alrededores, pidiendo limosna, y sin que yo le dijera nada me ha contado su vida y milagros.   Cuando ya estaba yo medio convencida para darle los diez euros que me había metido en el bolsillito de mi calzón de deporte por si me daba una lipotimia y tenía que volver a mi casa en un taxi, en ese preciso momento, se ha abierto la puerta de la capilla y ha empezado a salir la gente; y de repente me he encontrado con Ez y con su madre cara a cara.

Un minuto, dos, o tal vez  sólo cinco segundos de tiempo con el corazón detenido en el pecho. Mirando los ojos de Ez infinitamente azules, hoy más claros por la luz del mediodía. Ni una palabra saliendo de las bocas, ni un solo gesto de los cuerpos rozando el aire, hasta que la nada se ha hecho viento.

     -Hola Regina

     - Hola Ez







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